Metáforas escribía el informe final.
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>>> Los días de Tanete transcurrían plácidamente en aquel sótano infecto cuyos pasillos tanto recuerdan a los del metro: oscuros tubos por donde, durante tanto tiempo, suceden tantas cosas de la vida de tanta gente.
Tanete había llegado allí en una Ucronía, un lamentable incidente provocado con la Casa Real (que últimamente tanto prestigio tiene desde su irrupción masiva en las revistas del corazón y programas de mierda rosa).
Tras aquello, el infeliz soldado había comenzado a oír voces. Los psiquiatras que le atendían en aquel centro no le daban importancia, era algo que les ocurría a muchos: eran voces de personajes virtuales con extraños nombres que parecían sacados de una lista de Nicknames de Internet:
El siglas, El Rizos, Scully, Mulder, Marathon Man, Chaveli, El fumeta, La niña, El Palomo, La vuelos, La bebé, La Obregón, TomJones, Sietemachos, Mariconcete, La Hippy, El Mangas, La Yuyu, El Marine, La Bañadores, La Torera, Leoncio, Tristón, Leotardos, La Poses, Carreritas, El Palomo, Labajitaplateá... continuaron con una ieja tradición en aquel manicomio: la del mote; tradición iniciada muchos años atrás por un tal "Pantera".
Todos aquellos personajes, se dieron a conocer por e-mail en una interminable retahíla de gilipolleces que viernes a viernes atacaban los nervios de más de un loco de los que compartían con s.T. un encierro forzado por las circunstancias. No hay que descartar que en el revuelo ocasionado por la aparición en el metro de esos personajes, estuviera el origen de la muerte de Tanete.
Nadie sabe en realidad lo que pasó; tal vez fueron los personajes, que como tantas veces, se volvieron en contra de su creador. Es posible que debido a las malas condiciones de salubridad de aquellos túneles, fueran victimas de un incontenible mal, un impulso asesino transitorio.
Tal vez fuera una reacción histérica provocada por el miedo a verse metidos sin quererlo en una especie de Gran Hermano por e-mail. Tal vez s.T simplemente se suicidó, un suicidio causado por la depresión a la que no era ajena el hecho de que la última prueba médica que le habían hecho a aquel imbecil descubriera un encefalograma plano.
Lo cierto es que aquel gilipollas murió, y aquel feliz óbito devino en una extraña mutación: en dos extrañas ratas de estrafalario aspecto que respondían a los nombres de Bambino y Varsovia (puede que mutaran al comer accidentalmente algo de los sesos de aquel infeliz, esparcidos por el suelo tras su muerte)
Habían aparecido en los tunes de aquel oscuro METRO y desgranaron, semana a semana, una historia absurda centrada en un hecho que cambió la vida de mucha gente, que aceleró un cambio brutal en la sociedad de la época: el asesinato de un tal Carrero Blanco. Embrollaron hasta el hartazgo una historia de guerras de galaxias, de gente de vacaciones en Paris y de espías enamoradizos, de misión en Varsovia.
Aquellos correos, sin conexión entre sí, fueron mutando (las ratas parecían divertirse, cambiando, semana a semana, el pie a los otros pasajeros del metro) y se fueron convirtiendo en una suerte de homenaje a la gente que despertaba a la vida en aquel 1.973, que mientras se hacía pajas soñando aventuras virtuales en ciudades con nombres evocadores como París, Varsovia... fueron sacudidos súbitamente por una explosión en la calle de Claudio Coello.
Una explosión que les hacia mirar a los ojos a una realidad que parecía imposible tan solo unos años antes: aquel régimen no era inamovible, nada está escrito, nada está atado y bien atado, nada permanece, todo muta.
Una generación que comprendió que todo se puede revisar, que todo es mejorable y que para ello no siempre son necesarias revoluciones que indefectiblemente, llevan la desgracia y el dolor a la vida de mucha gente; que bastaba con una sucesión interrumpida de cambios.
Gente que comenzó a trabajar en empresas donde abundaban viejos dinosaurios fascistas contando historias de "su guerra" y ayudó a transformarlas, "globalizarlas" día a día, con un cambio, tras otro, tras otro...
Algunos de ellos, finalmente, no entendían como en todos aquellos años no había aprendido nada sobre "actitud ante el cambio", pero "a cambio" , había conseguido adaptarse razonablemente bien al entorno.
Seria conveniente que, antes de cerrar este dossier, se incluyan en el mismo las conclusiones a las que estaba llegando s.T. cuando le alcanzó la muerte. Escribía una segunda serie de correos, iniciada el 30.8.03 en uno más de aquellos e-milios, sin propósito, ni significado >>>.
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Por fin he leído ese maravilloso libro ¿Quien se ha llevado mi queso?. Se trata de dos ratones encantadores que huelen como nadie el queso (que representa aquello que para cada uno de nosotros es lo mas ideal-divino-de-la-muerte) y se lanzan a la carrera, por un laberinto , en una búsqueda entusiasta del jodido queso-movil, cada vez que huelen que alguien (en el libro no queda muy claro, parece ser una especie de mano invisible) mueve el queso de sitio.
También habla de dos liliputienses de mierda, que representan posturas reaccionarias a los cambios, que no saben de quesos, ni saben buscarlos, ni saben nada. Si no fuera por los ratones que se mueven con tanta soltura en el laberinto de la vida , no se iban a comer ni un rosco, ni mucho menos ... un queso.
Tal vez me equivoque, pero tengo la impresión de que, en realidad, lo que único que diferenciaba a los liliputienses de los simpáticos ratones era simplemente.... el miedo. Extraña un poco, sin embargo, que tanto miedo fuera por algo tan absurdo... como perder un queso.
El miedo es una emoción natural, un instinto, y por tanto necesario para la conservación y mejora de la especie. Pero los liliputiense habían banalizado el miedo y lo habían convertido en una emoción estúpidamente caprichosa. Emoción que se permitían sentir sin ningún motivo, sin peligro real que activara sus mecanismos naturales de defensa.
Tenían miedo a todo, a perder su estatus, a perder sus rutinas, a perder lo que habían conseguido ya, a la muerte: a perder una vida que, sin nada que ganar, tal vez no mereciera la pena vivir. Los liliputienses Vivian aterrados, deseando que en el laberinto nada cambiara. El miedo es esa pared que nos detiene en el avance, ante la cual nos sentimos tan aterrados que a veces no siquiera nos atrevemos a auparnos un poco sobre ella para tratar de ver que hay al otro lado, para intentar seguir viviendo... continuar "adelante".
Tal vez no sabían que lo único que es inmutable... es el cambio y por ello tenían miedo. Ese miedo era lo que no les dejaba matar al niño facha que todos llevamos dentro, el que les impedía ser alegres ratoncillos acostumbrados a oler el queso en lugar de liliputienses asustados, a remolque de los cambios.
Aunque, según parece, el hecho de ser ratones tampoco implicaba conocimiento alguno sobre la "actitud ante el cambio"; los simpáticos roedores podían considerarse especialistas en "adaptación al entorno". No quedaba claro quien gestionaba los cambios. No quedaba claro "quien" o "que" era aquella mano invisible que no dejaba para quieto al jodido queso dentro del laberinto.
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Metáforas cerró el fichero que contenía su informe y recordó que, finalmente, no se había enterado del resultado del Madrid-Barça del que hablaba el cuento, de aquella final del 2007 que nunca se llegó a disputar. Lamentó profundamente no poder informar a "La Patrona" del resultado; a Nuestra Señora de la Adoración del Comercio Exterior (a la que estaba agradecido su interés) y a la que tanto había suplicado para que intercediera por él ante la Santa Tesorería del Chanel Número 5 y dejara de caer aquella "lluvia fina" de incidencias en los pasillos del metro.
También recordó al Niño del Sagrado Corazón Delicado, al que como a otros muchos, estaba agradecido por haber recibido de el palabras de ánimo. Y deseó suerte también "al Barça" que últimamente, parecía haber perdido interés en la champions league; se había ido a jugar una más "global". En la "domestica" el Valencia era ahora el equipo que venia echando el aliento en el cogote, el equipo al que dar caña.
Se acercó a la ventana de la sala y sonrió al ver aquellas dos pieles muertas de rata, mudos testigos de la última mutación, junto a una tabla de quesos apenas mordisqueados con desgana. No recordaba casi nada de su vida anterior, apenas tenia el recuerdo de una conversación en la que Varsovia pedía a Bambino unas alas y este le prometía las más bonitas: las alas de la imaginación.
Se despojó de la camisa y procedió a desentumecer las suyas; sobre el borde de la ventana, desplegaba y recogía esas alas con fuerza tratando de iniciar el vuelo. Al darse impulso inició una caída en picado que no podía detener con su desesperado aleteo. Mientras veía acercarse el suelo a velocidad de vértigo, cerró los ojos (algo de miedo había, pero básicamente, es que le daba asco la sangre) y gritó por ultima vez
¡¡¡¡¡¡¡¡¡ FELIZ FIN DE SEMANA !!!!!!!!!!!!!
domingo
18- Epílogo. 6-02-04
Publicado por
Peón
en
1:45 AM
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