domingo

6- Paris - 3/10/03

Aquella tarde finales de Septiembre del 73, los dos habían estado tomando queso y vino en la Place du Tertre, cercana a Montmartre. En realidad habían bebido mucho vino y comido poco queso, así que la euforia que les embargaba podría considerarse, en parte artificial, en parte el natural producto de la juventud
de ambos.

A esas horas la Basilique del Sacré-Coeur de Montmatre estaba cerrada. Mientras bajaban por las escaleras hacia la explanada, el tuvo que esforzarse para convencerla de que la idea de entrar forzando una de las entradas para reprocharle a dios sus injusticias no era buena. Consiguió que desistiera al decirle que dios no la iba a hacer caso, andaba a esas horas muy ocupado: tenía mucho trabajo en Vietnam y en Chile, donde debía de estar vigilando el Estadio Nacional a aquellas horas.

El vino les llevaba en volandas cuando bajaban por aquellas estrechas calles en dirección a Pigalle, sorteando clochards, putas que se retiraban a descansar a casa en el cambio de turno, aspirantes a artista que deambulaban borrachos y algún turista.

Tomaron el metro en Pigalle pocos minutos antes de que cerraran. Bajaron corriendo y riendo el trayecto hasta el anden, donde tomaron uno de los últimos convoyes que circularía aquel día. Ella se apoyó contra una de las puertas; el frente a ella, cerca, quería respirar el aire que ella exhalaba.

Eso le hizo sentir mucho calor. Calor que nada tenia que ver con la sensación térmica ni con los vapores etílicos que subían a su cabeza. Por las zonas de su piel que la ropas no cubrían, el intercambio de sus sudores reavivaba aún más, el calor que ambos sentían. Los labios del hombre interrumpieron las palabras de la
chica justo cuando le hablaba de aquel Mayo del 68: de la playa que se encontraba bajo los adoquines de París, del prohibido prohibir, del sé realista: pide lo imposible...

Unida a la sensación embriagadora del vino, la muchacha sintió la embriaguez de la sensación húmeda y carnosa de los labios de su hombre, a la que se abandonó, sin importarle las miradas de los pocos viajeros que a aquellas horas compartían el vagón de metro con ellos.

El sudor es estéril y, previo pago de la correspondiente tarifa, siempre se puede encontrar establecimientos especializados en intercambiarlo de manera "profesional". Pero Nuestra Señora de la Saliva es la virgen del amor y aquellos chavales debían quererse de verdad: intercambiaron saliva para hacerse un traje cada uno.

Por debajo de la blanca blusa con cuello Mao, la mano del chico comenzó a recorrer la espalda objeto de su ansia, el tacto del sudor de su hembra y el sabor de este, que ahora bebía de aquel suave y blanco cuello mientras sus labios lo recorrían, fueron la espoleta que activó una erección que irrumpió de repente en el inexistente espacio vacío entre los dos cuerpos como si tratara de separarlos.

Como reacción, la joven se apretó más contra el. Cuando el apartó lo labios de su cuello para mirarla a los ojos, ella le ofreció su sonrisa, la sonrisa que le hacía sentirse un auténtico privilegiado, porque sabía que solo a él se la mostraba de aquella manera especial, la sonrisa que ella le regalaba cuando quería decirle "adelante".

Entonces ocurrió el milagro: al llegar a la penúltima estación del trayecto, pensaron que un invisible Moisés separaba las aguas del mar, del mar del metro de París mostrándoles el camino de la tierra prometida; en esa estación, los pocos pasajeros que a esas horas les acompañaban (no sin cierto escándalo) en aquel trayecto abandonaron el vagón sin que nuevos pasajeros ocuparan su lugar.

Cuando se quedaron solos el no perdió ni un segundo: antes de que el convoy abandonara por completo el anden, la mano del chico que todavía exploraba la espalda de la mujer que amaba, recorrió a través del ancho valle de su cadera, el camino hacia el monte de Venus; con la destreza del caminante experto continuó el recorrido por debajo del algodón que, ya húmedo, cubría las delicias de su jardín favorito.

Pudo percibir con total nitidez los latigazos que, como descargas eléctricas, recorrían la espalda de su chica, cuya acelerada respiración dejaba intercalar algún jadeo a la vez que resaltaba más el movimiento de los erectos pezones que asomaban, libres de un sujetador que ella no utilizaba.

Toda la tarde calentado antes del partido era ya mucho calentamiento, así que el joven no se lo pensó más, no hubo más preliminares, se decidió a saltar al terreno de juego a jugarse el alma en aquel "match", que se prometía corto antes del pitido del arbitro. Por debajo de la larga falda de inspiración hindú la mano del chico encontró las blancas bragas de algodón que no aguantaron el primer estirón sin quedar en el suelo del vagón hechas jirones.

La levantó la falda y la cogió por debajo de las nalgas, elevándola hasta ponerla a su altura. La penetró mientras la movía hacia el cristal de la puerta del vagón, donde su espalda quedó apoyada. - Cada embestida será un "te quiero" - le dijo al oído (nadie podía oírlos, pero la costumbre es la costumbre). Ella perdió la cuenta de cuanto la quería su hombre antes de comenzar a sentir como se desdibujaba el entorno.

No supieron distinguir que parte de aquel fogonazo luminoso que les deslumbró era debido al simultáneo orgasmo regado de Burdeos barato, y cual era la de la luz de la estación en la que su vagón entraba en aquel momento.

Aquel policía de paisano esperaba en el anden. La Gendarmerie quería tener controlados a todos los elementos de extrema izquierda que, desde territorio francés, conspiraban contra el régimen del vecino país del sur. Tenían un chivatazo de que dos jóvenes, potencialmente peligrosos, se apearían aquella noche en aquella estación.


No se trataba de aquellos dos chicos, pero dio lo mismo. El hombre no acaba de discernir si lo que había visto (como se ve un único fotograma en un segundo de película) al entrar aquel vagón en el anden era realidad o producto de su imaginación. El caso es que eran jóvenes, españoles, y con aspecto de ser de izquierdas.

Mientras, con la ayuda de dos uniformados gendarmes, que hasta entonces habían esperado en las taquillas, se llevaban detenidos a los dos jóvenes, ella notó como rebosaba aquel blanco liquido de vida, deslizandose en una caliente sensación por la cara interna de sus muslos; no pudo reprimir un nuevo orgasmo, acelerado por la excitación que le producía la extraña situación, que casi le hizo caer, al flaquearle las piernas, entre ahogados gemidos que no pudo reprimir del todo.

Uno de los gendarmes se agachó, para incorporarla, poco antes de llegar al coche de patrulla. Aunque con quepis, aquel gendarme era a fin de cuentas, un hombre; al tratar de levantar a la chica, tal vez no actuara de manera, estrictamente profesional.
El caso es que a aquel joven, que llevaba las manos esposadas, no le quedó más remedio que defender el objeto de su deseo de un cabezazo.

Mientras aquel cerdo se reincorporaba del suelo, con la nariz chorreando sangre, los otros dos policías comenzaban la primera ronda de hostias mientras a empujones lo introducían en el coche... aquella noche seria larga.

De madrugada, el empleado del Metro de París se encontró un extraño objeto sobre el suelo del vagón de cuya limpieza estaba encargado: unas blancas bragas de algodón destrozadas. Mientras las observaba con curiosidad, pudo leer en la etiqueta:

¡¡¡¡¡¡¡¡¡ FELIZ FIN DE SEMANA !!!!!!!!!!


La colleja que le dio Varsovia, dejó en ridículo a la que dos semanas antes le había dado Leoncio al padre de ambos (que en paz descanse).

- ¡Pero en que estabas pensando! ,¡descerebrado, tontodebaba¡ ¿que clase de correo escribiste? , ¡salido, que eres un salido!.

- No es para tanto, se trataba de una historia romántica - protestó Bambino, al tiempo que esquivaba el nuevo intento de su alter ego de atizarle una hostia.

- Una...una...una..una que ?????. Subnormal, cerebropicha, ¡HOMBRE!, que eso es lo que os pasa a todos. Que sois hombres y como no tenéis sangre suficiente para regar el cerebro y el pene a la vez, lo tergiversáis todo; confundís el amor con el sexo.

Bambino pensó que para la mayoría de las mujeres no tenia sentido el sexo sin amor. Por eso no entendía como podían diferenciar con tanta nitidez una cosa de otra y menos en un tonto relato como aquel. Se calló prudentemente, pero como se estaba cansado de esquivar torpes manotazos al aire, trató de cambiar de tercio.

- ¿Y tu que?. A que venían esas alusiones a Mayo del 68 a las ideas revolucionarias y demás zarandajas. ¿ Que pasa ? ¿tu también te has alistado con los gilipollas esos del flower power?. ¿No habíamos quedado en que las revoluciones de izquierdas habían sido un fracaso?.

- En lo político tal vez, pero Mayo del 68 fue una también una revolución cultural. A lo mejor gracias a ella tu pudiste escribir la guarrada esa sin que nos hayan lapidado públicamente, ¡gañan!.

Varsovia, realmente indignada, quedó en silencio. Bambino tampoco decía nada; este, básicamente por miedo a otra explosión de furia.

(¡Joder, que mala bestia, vaya ostia que me ha dado!. Claro que para ser honestos, tal vez nos hayamos pasado un pelin con el correo de la semana pasada. Hasta a Mariconcete le pareció algo excesivo).

- Un poco "subido de tono" el correo de hoy, ¿no? – recordaba Bambino que le había comentado.

Ahora que pensaba en ello, el reproche de mariconcete tenía fundamento: no debería haber encviado un correo así sin haberle puesto el titulo correcto: "CUIDADIN". Y lo que era incluso peor: HABÍA OLVIDADO LAS SIGLAS (tal vez por eso el compañero al que tanto le gustaban estaba tan serio).

Además, tras un incidente con la lista de correo, le había sacado los colores uno de Almendralejo con la reclamación de correos atrasados. Al menos esto le había dado la oportunidad de revisar la lista y corregir errores.

Varsovia continuaba en silencio junto a el mientras caminaban por aquel oscuro túnel de metro. Bambino sonrió al recordar que, aunque por el de París solo había llevado de la mano a dos enanas que no paraban de preguntar cuando tocaba ir a Eurodisney, algún cándido Palomo había creído otra cosa.

Reflexionó sobre las posibilidades que le proporcionaba aquello: podría ser quien quisiera, conseguir las más increíbles hazañas; siempre habría alguien dispuesto a creerselo todo. Pero como pintarse como un atleta sexual le parecía una ordinariez, la semana siguiente fantasearia a lo grande, se diría a si mismo
adelante; sería magnicida.

Varsovia sonrió a hurtadillas al verle sonreír a él. Creía saber lo que estaba pensando: se acercaban por el aquel oscuro túnel de METRO (*) a la estación de Vaguada; tal vez al llegar al anden se lo encontrarían repleto de antiguos compañeros de su padre con un recientemente renovado interés por aquel medio de público transporte.

Al entrar en la estación encontraron a varios de ellos esperando el próximo tren. Mientras las dos ratas se asomaban con cautela por el extremo del anden alzando sus patas desde la vía, se producía aquella extraña transmutación en una única persona. Los que un día fueron compañeros de su difunto padre no vieron dos ratas; por el borde del anden solo pudieran apreciar como se asomaba un extraño ser

!!!!!
( o o )
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que les decía: ¡¡¡¡¡¡ FELIZ FIN DE SEMANA !!!!!!

(*) En e-spacio (la intranet del BBVA): mejores tratamientos operativos. Os lo juro que me muera, son siglas.