domingo

9- Varsovia 31/10/03

El 12 de Mayo de 1.955 el avión en el que viajaba aquel hombre tomó tierra en el aeropuerto de Varsovia. Llegaba a la ciudad acreditado como informador que trabajaba para una publicación mejicana de inspiración marxista.

En la ciudad, aquellos días la actividad era frenética. Las delegaciones diplomatico-militares de los países que un par de días después firmarían el famoso pacto, exigían medidas de seguridad un tanto excepcionales. Aquella ciudad parecía la pasarela Cibeles de los uniformes, los soviéticos sustituyeron a
los nazis, que la habían abandonado años atrás, y ahora, además de aquellos y los de los polacos, se les unían los uniformes húngaros, albanos, búlgaros rumanos, checoeslovacos y de Alemania Oriental.

Una vez instalado en su hotel, nuestro hombre se puso al habla con su contacto en un periódico local, otro espía que como el, trabajaba para el gobierno de los EE.UU.. El "topo" le facilitó la lista de personas que le darían acceso, bajo la coartada de "informador independiente y luchador por la libertad
en su país capitalista", al entorno de las delegaciones encargadas de firmar el Pacto de Varsovia.

Aquel 14 de mayo, pocas horas después de la firma del pacto, la conoció. Se alojaba en el mismo hotel que él y estaba allí en calidad de fotógrafa de un diario de Praga, desde donde había acudido acompañada del jefe de su sección. La había visto antes mientras ambos se encargaban de dar cobertura informativa a aquel acto histórico (a la vez que el se dedicaba a sus tareas de informador para la C.I.A). Pero no fue hasta ese momento cuando tuvo la oportunidad de dirigirse a ella.

En aquellas pocas horas que restaban hasta que sus destinos se separaran en el retorno de cada uno a su país, tuvieron la oportunidad de charlar sobre su infancia y adolescencia. El la habló de la guerra en España, de donde sus padres huyeron, terminada esta, a EE.UU. Las dificultades que habían tenido que superar alejados de sus orígenes, sin un punto de referencia cultural.

Ella le habló de la guerra de Europa, de como la resistencia comunista la utilizó para sus fines, aprovechándose de la ingenuidad y del idealismo de la que, entonces apenas era una niña, de como los nazis la apresaron y de como estuvieron a punto de violarla, antes de que un general prusiano que, en medio de
aquella locura aún conservaba la dignidad, lo impidiera.

A él le impresionó su sonrisa, tuvo la sensación de que podía quedarse allí, escuchando a aquella mujer durante horas. Cuando ella dejaba aflorar sus sentimientos, cuando se abría para el, dejando que fluyeran sus palabras sin las interferencias que producían los fantasmas del pasado, su comunicación se sostenía, no sobre su mal ingles, lo hacia sobre todo en su cara y sus
manos.

Sus gestos eran deliciosos, el movimiento de sus manos era como si tratara de amasar las ideas, de darles forma casi a la vez que las dejaba deslizarse por sus labios en aquella forma de comunión, mas que de comunicación, que disfrutaron juntos aquella tarde. El gozaba de sus manos, cuyos movimientos le recordaban el
vuelo de las mariposas, elegante, imprevisible, melancólico, bello.

Cuando, horas después, aquel hombre ya volaba sobre el Atlántico, de regreso a México, cayó en la cuenta de que no sabía el nombre de la mujer que tanto le impresionó y a la que no volvería a ver. No le importó demasiado; para el, la mujer que tan profunda huella le había dejado, siempre se llamaría "Varsovia".

Trece años después, aquel hombre, desde su posición de observador privilegiado, disfrutaba de la primavera que, como una explosión, inundaba del olor dulce de esperanza en la libertad, las esquinas de Praga. Disfrutaba de la gente que se emocionaba, que se miraban y reconocían la ilusión en los ojos del otro, de gente que se decía "adelante".

Un día Junio de 1.968 la vio mientras él cumplía las labores de su tapadera como agregado cultural de la embajada de México en Praga. Varsovia había acudido con un grupo de periodistas. Tan solo una mirada les bastó para reconocerse entre decenas de extraños en aquella reunión, que bajo el formato de rueda de prensa le permitiría contactar con entusiastas seguidores de la tímida apertura democrática que suponía aquella Primavera de Praga, impulsada por Dubcek.

Aquella tarde pasearon por las calles de aquella ciudad, alfombrada de la ilusión que aquellos días disfrutaban sus habitantes. Y hablaron, y sonrieron, y se miraron, y sonrieron, y sintieron que sus hormonas alborotaban su sangre al olor de la sangre del otro... y sonrieron.

Fue un verano-primavera hermosísimo; disfrutaron noches enteras, además de todos los momentos que a ella le dejaban libres sus obligaciones como periodista, y a el las suyas como instigador de aquella apertura desde la sombra. Fueron sus más felices días, en los que compartieron el vino, las rosas, las risas y los orgasmos, pero duraron Poco.

El 21.8.68 , 600.000 soldados y 5.300 tanques del Pacto de Varsovia trajeron a Praga el invernó soviético que arrasó sin piedad las flores que habían crecido en el asfalto de la ciudad, flores de confianza en aquella primavera.

Fue el día que vio el fin de la Primavera de Praga, y también fue el día que vio el inicio del fin del Pacto de Varsovia.
Pocos días después nuestro hombre recibía ordenes de sus superiores: daban por perdida aquella batalla de la guerra fría, aunque no completamente; al menos, a los intelectuales de izquierdas del lado del telón de acero que quedaba bajo el paraguas de la OTAN se les habían caído los palos del sombrajo marxista-leninista.

Le trasladaban a Vietnam, donde se requerían sus servicios para limpiar el patio trasero de la casa mundial que los U.S.A., tacita a tacita, se venían construyendo desde su nacimiento. No fue una despedida triste, los dos sabían que se tendrían uno a otro por muy lejos que estuvieran sus respectivos caminos. Con el sudor y el resto de fluidos habían intercambiado ideas, emociones, sentimientos, vida. Iban ya, de hecho, uno dentro del otro.

Al despedirse, el le regalo la mitad de un dólar de plata, símbolo del mundo al que el pertenecía. En lugar del habitual lema de los dólares (In good we trust) le había pedido a un orfebre grabar una inscripción, que eran siglas de la lengua del que se perfilaba como heredero del viejo imperio romano: WDBIGBGNBIU, cuyo significado era "We don't beleave in good, because good not beleave in us".

Aquella moneda solo estaría completa, solo tendría valor cuando ambos estuvieran juntos. Varsovia, a la que le correspondió la mitad con el "WDBIGB" le dijo que nunca habría despedidas, que siempre tendrían un mañana, un nuevo día en el que volver a verse y a decirse con todo el cariño del que fueran capaces

¡¡¡¡¡¡ FELIZ FIN DE SEMANA !!!!!!!!